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viernes, 12 de agosto de 2011

El amor de los amantes: de locura y disparate

El Siglo de Oro español (s. XVII) ha dado lo mejor de sí en cuanto a literatura se refiere. Todos los géneros florecieron en esta época y el teatro no iba a ser una excepción. Es en este tiempo cuando aparecen los tópicos, personajes, obras y autores que darían reconocimiento y brillo a las letras españolas para la posteridad.
  Con respecto a la “obra” objeto de representación cabe decir que no es una obra propiamente dicha, sino un conjunto de textos y entremeses (pequeñas obras cortas que se representaban en los entreactos de otras mayores) hilvanados por ciertos aspectos comunes.
  Nos trasladamos a un corral de comedias del siglo XVII. Los corrales de comedias eran teatros al aire libre (normalmente en el patio interior de alguna casa) en los que las representaciones se sucedían durante todo el día. El teatro era, por entonces, un medio de entretenimiento pero también una forma de denuncia y de transmisión de valores fundamental para una población en su mayoría iletrada.
  Los comediantes (o farsantes, según el término de la época) se introducen por entre el público entonando cánticos que denotan su jolgorio. Seguidamente suben a escena y entre todos recitan una loa. Esta loa no es más que un prólogo con el que captar la atención del público al que tratan de explicar los antecedentes de su oficio, ensalzando el arte del teatro y su función en esta época. El texto escogido es un monólogo de Crispín perteneciente a la obra Los intereses creados de Jacinto Benavente.
  Seguidamente cada uno de los cómicos recita un fragmento de un monólogo en verso. Los textos escogidos son muy representativos de las grandes obras de este momento, entre ellos nos encontramos con autores como Calderón de la Barca o Lope de Vega, entre otros. Los textos nos muestran la condición de la mujer. La mujer era la depositaria de la honra que debía mantener a toda costa. En estos monólogos observamos cómo la mujer es deshonrada de forma frecuente e impune, siendo por ello objeto de la humillación y del rechazo social, con lo que tendrán que tratar de restaurar su honra bien en solitario o con la ayuda de sus familiares.
  Tras esto comienza el primer entremés de los dos que conforman la composición. En este entremés de Cervantes asistimos al hilarante enfrentamiento entre los dos pretendientes que buscan el amor de Cristinica, una sirvienta (o “fregona”) de una noble familia. Lo que Cervantes trata de denunciar con esta obra es el hecho de que la mujer no tenga potestad para escoger un marido que le viene impuesto (de manera similar a como lo hiciera Fernández de Moratín con El sí de las niñas). Finalmente Cristina será capaz de elegir entre ambos a su futuro esposo. Con ello, comprobamos que la imagen que se nos ofrecía de la mujer en esta época al principio de la obra, cambia. Nos encontramos por  tanto, con una mujer con libertad para tomar sus propias decisiones y marcarse su destino. Toda la obra trata de demostrarnos precisamente esa ambivalencia y la reivindicación de Cervantes es totalmente rompedora.
  Con el discurrir de la primera obra ya ha atardecido y con la llegada de la noche nos hallamos frente a otra óptica, otra picaresca diferente. El segundo entremés de Quiñones de Benavente nos muestra a dos cortesanas que, en medio de una plaza gritan a los cuatro vientos sus respectivos encantos tratando de embaucar a un hombre para que les proporcione su sustento. Son personajes grotescos, deformados, como marionetas con ciertas reminiscencias de la comedia del arte italiano o del teatro de Valle-Inclán. Cuando se presenta el candidato, que presume de ser un hombre adinerado, se ve cortejado por distintas mujeres de diversa casta. De modo que el señor don Vinoso pide que cada una alegue sus gracias para que  pueda escoger en consonancia. Finalmente elegirá sabiamente a quien asegura que su don es “no pedir”. Maravillado por tal virtud don Vinoso cae rendido a los pies de dicha cortesana. Esta obra también trata de desmontar otro tópico, el de la mujer excesivamente derrochadora e interesada, quizá fomentado por una sociedad en la que la mujer siempre debía vivir a expensas de un hombre, bajo su tutela y protección (paternal o marital) si pretendía ser decente.
  De modo que con esta visión triple de la mujer: deshonrada (transmitida usualmente por las fuentes), pero al mismo tiempo libre y desinteresada finaliza la obra, dando pie a que el espectador reflexione y saque sus propias conclusiones, ya que ese es ciertamente uno de los principales objetivos del teatro.

miércoles, 21 de julio de 2010

Un réquiem por Lucano


Marco Anneo Lucano fue un escritor nacido en la Corduba (Córdoba) romana, sobrino de Séneca el filósofo. Esta cultísima familia estuvo marcada por el comportamiento vesánico del emperador Nerón. Al principio de su reinado Nerón fue un buen gobernante pero pronto cambió de actitud de forma repentina e inexplicable. No olvidemos que incenció Roma según unas versiones para "despertar a las musas" (Nerón se creía un nuevo Apolo) aunque de acuerdo con otras el fuego estuvo motivado por motivos urbanísticos. En cualquier caso Séneca el filósofo fue "obligado a suicidarse" por el propio Nerón, que también condenaría al pobre Lucano, a quien le tenía envidia. Lucano, el autor de la Farsalia (el poema épico latino más importante tras la Eneida) fue un joven bastante precoz y a pesar de su corta vida bastante prolífico: sátiras, poemas varios y diversas obras teatrales. Sin embargo, Nerón truncó su brillante carrera. El imperio fue una época agitada en términos políticos y marcada por las intrigas y las ansias de poder. Finalmente, ante su desastroso reinado, disoluto y desordenado, Nerón no tuvo más remedio que suicidarse, puesto que el Senado lo había declarado enemigo de la patria, destituido y condenado a muerte. Su cobardía le impedía llevar a cabo tal empresa, a pesar de que su crueldad le había permitido perseguir a cristianos, filosófos e incluso calvos, condenar a Séneca, Lucano y lo que es quizás más deplorable, asesinar a su madre y violar su cadáver. Su secretario Epafrodito prácticamente tuvo que "ayudarle" para que se clavase una daga en el cuello y fue cuando exclamó Qualis artifex pereo!  "¡Qué artista muere conmigo!" Esto es sólo una página negra de la historia romana, Cicerón, el príncipe de las letras latinas, también fue condenado a muerte y su cabeza y sus manos fueron exhibidas como un trofeo de caza por Marco Antonio. Esta es la otra cara de una civilización fascinante pero menos refinada que la griega. Barbaridades como éstas son excepcionales pero en el circo eran continuas. La plebe se entretenía viendo cómo los gladiadores perdían la vida en la arena, por algo se explica que el teatro no tuviese tanta aceptación en Roma como en Grecia. El teatro catártico griego no tenía seguidores en Roma y esta actividad se veía como una diversión, por ello triunfaban las comedias livianas de corte griego. La literatura latina no fue demasiado innovadora porque solía seguir modelos helénicos. Aunque hoy en día se diga que nuestra cultura le debe mucho a Roma (y eso es en parte cierto) no hay que olvidar que gran parte de la cultura romana ya se había forjado en Grecia y los romanos al conquistar este territorio simplemente se hicieron con ella y la adaptaron a su forma de vida...
  En fin, si le dedico un artículo a este excepcional personaje es porque en el fondo me inspira muchísima lástima, pero este artículo es también un grito de protesta por todos aquellos que murieron en circunstancias similares, de forma injusta y tratando de pronunciarse contra la tiranía y a favor de la libertad.

jueves, 15 de julio de 2010

Panem et circenses!

El poeta satírico nacido en Aquino: Juvenal, sabía de lo que hablaba cuando utilizó esta expresión en la sátira X. Literalmente "pan y circo" (juegos circenses). Con ella resumió el totalitarismo imperial que había enterrado las libertades republicanas en el olvido: ante la imposibilidad del pueblo llano de acceder al cursus honorum (la carrera política) había que repartir trigo (panem) mensualmente y ofrecer a la numerosísima población de la Roma imperial alguna que otra distracción (circenses). Algo en lo que los romanos eran expertos: luchas de gladiadores, teatro, carreras de cuádrigas... etc. Todo esto servía para evitar que el pueblo se alzase contra el emperador y segar cualquier amago de revolución. Los césares temían lo que podía hacer una turba enfurecida, por ello tenían a la guardia pretoriana, pero la táctica del pan y circo aseguraba la continuidad del régimen imperial. Juvenal también es el autor de esta célebre cita quis custodiet ipsos custodes? es decir, "¿Quién vigilará a los vigilantes?" esta pregunta encierra un dilema, ¿Hasta dónde debe llegar el poder último? La historia se repite: ya Platón en su Républica se preocupaba por un asunto similar en su sociedad ideal. De la Grecia clásica también procede el tópico de que el tirano siempre pide una guardia personal antes de sublevarse (Aristóteles lo afirma en su Retórica). Aunque nos parezca lejano, este sistema se ha venido repitiendo a lo largo de la historia, les debemos muchas cosas a los romanos, queramos o no, pues de ahí procede la cultura occidental. Los regeneracionistas españoles hablaban de "pan y toros" y como éste muchos ejemplos más. Actualmente el pan y circo puede asociarse con el Estado del bienestar. Aunque en la situación actual hay menos pan y más circo. Menos pan por la tremenda crisis económica que afrontamos y el elevado número de parados existente. A pesar de todo ello, el "circo" de hoy, ese "circo mediático" (deportes, publicidad, consumismo...) más que entretener, asusta. La población se interesa desmedidamente por tal o cual famoso: si se opera la nariz, si se casa, etc y se olvida de política, violencia de género y de otros graves conflictos de nuestro tiempo. Nos reímos de las barbaridades que dicen ciertas personas en esos "programas rosas" (todo es rosa ante la negra situación por la que pasamos) y nos lo tomamos a broma sin caer en la cuenta de que es algo muy serio. Ésa es la visión que están recibiendo muchos jóvenes: la de que no importan el esfuerzo y la disciplina si por decir tonterías en la "caja tonta" se puede llegar a cobrar un sueldo superior al de un cirujano, abogado etc. Jóvenes, que por otra parte no parecen estar interesados en cambiar esa visión. En fin, repasar el pasado sirve para comprender mejor el presente, y esto nos hace abrir los ojos ante la verdadera realidad, pero, ¡Lástima de país!

sábado, 22 de mayo de 2010

Nunc plaudite omnes!


Así terminaban todas las comedias en la antigua Roma. Se demandaba al público el aplauso. El aplauso, el aleteo de las manos que suena a música celestial en los oídos de un actor. Tan poco dura la vida de un ser humano que buscamos desesperadamente el aplauso, el reconocimiento, algo que haga que nuestro nombre sobreviva al poder devorador del tiempo... así por ejemplo, el griego Eróstrato le prendió fuego al templo de Artemisa en Éfeso, y por consiguiente, lo destruyó, sólo para lograr la fama...
Yo llevo haciendo lo mismo desde hace unos cuantos años con un grupo de amigos, no incendiamos templos, ni pretendemos la fama, sino que hacemos teatro, algo que en estos tiempos que corren es muy digno de mérito. Personalmente, yo comencé esta particular andadura como medio para superar mi timidez, ahora es un hobby al que no querría renunciar, aunque sé que no me dedicaré a él profesionalmente. Sin duda, las dos invenciones humanas más catárticas son la literatura y el teatro, ambas tan interrelacionadas entre sí. Al fin y al cabo, el teatro es literatura en su origen, incompleta, pues necesita de la representación escénica, pero literatura después de todo. El escritor/dramaturgo desahoga sus emociones y el lector/espectador se ve reflejado en esos conflictos y se siente comprendido, amado. Ese es el milagro y la dificultad del teatro. El actor se enfrenta directamente con el público, que al fin y al cabo va a ser su juez, no goza de la distancia del escritor, por ejemplo. El actor se expone a la mirada directa de su público en una representación que no admite fallos. Pero es precisamente en la dificultad del teatro en lo que radica su excepcionalidad. Cada representación es única, de un valor incalculable, el espectador debería sentirse privilegiado en ese sentido. Teatro, ¿Qué sería del público sin teatro? La misma palabra teatro viene del griego theatron, que en su origen era el nombre del graderío, donde toma asiento el público. Los espectadores, los verdaderos protagonistas, deberían tomar conciencia de que no deben sentirse en una posición cómoda. Tienen que sufrir, reír y experimentar lo mismo que los personajes, porque como se decía en Hamlet, el teatro es un espejo en el que todos nos podemos ver reflejados en un determinado momento. Si olvidamos eso, estamos despreciando el verdadero valor del teatro.

domingo, 28 de febrero de 2010

La guerra de los Bachilleratos

Todos los niños, cuando se dan cuenta de que no están solos en el mundo, comienzan a asediar a sus progenitores y a todas las personas que conocen con una pregunta fácil de formular y compleja de responder: “¿Por qué…?” Estas dos palabras se repiten sin descanso, hasta la saciedad, incluso llegando a límites absurdos e inexplicables, somos pequeños científicos, diminutos filósofos. Con media docena de años, cuando nos cargamos la mochila a la espalda, empiezan a abrirse nuestros horizontes. Todo es nuevo, ignoto, todo está por explorar… La Curiosidad comienza a despertarse de su letargo y reclama ser atendida. Entonces somos fácilmente impresionables, nos entregamos al saber con vehemencia, con la inexperiencia del neófito. Experimentar e investigar se convierten en nuestras únicas preocupaciones. Con rostro absorto escuchamos las historias relatadas por nuestros profesores y abuelos, ¡Y el mundo nos parece tan vasto y misterioso! Aventurarnos en él y preguntarnos por lo desconocido se convierte en algo natural, avanzamos con paso sigiloso, cuidadoso pero incontenible y firme.
Esto es así, al menos hasta que nos revelan el final de la historia.
Crecemos, y nuestros conocimientos con nosotros. Cuando llegamos a la docena de años, nuestra vanidad nos hace creernos dueños del mundo. El aburrimiento hace mella en nuestro espíritu y allá donde antaño encontrábamos mundos inexplorados y recónditos hoy encontramos distorsiones de una vaga fantasía. Es imposible redescubrir lo ya descubierto. La pasión muere. Se marchita cual rosa en invierno y nos damos por vencidos, creyendo que nada queda por hacer, cuando sólo hemos dado el primer paso. Seguimos caminando, ¡Sí, pero a regañadientes! ¿Qué otro remedio nos queda? Pero recibiendo siempre el mismo punto de vista, la Creatividad ve cortadas sus alas. Y cuando uno se ve obligado, cuando quizás no se haya repuesto de tal varapalo, cuando tal vez no sea capaz de decidir sobre las cosas más banales y triviales, ¡Sí, obligado! ¡Forzado a decidir sobre un asunto tan trascendental como su futuro! Se encuentra con que todos los esquemas conocidos se derrumban a sus pies. Y nada vuelve a ser como antes.
Con esto sólo he querido introducir el tema, he llegado a la situación en la que me encuentro y hablaré sobre el presente. A los dieciséis años, cuando uno desea continuar con sus estudios y acceder a la Universidad se ve en la terrible tesitura de elegir. ¡Elegir estando indeciso! Gran contradicción la nuestra, máxime cuando las opciones son tan reducidas y todo el universo conocido se escinde en dos mitades irreconciliables. Enfrentadas, tratando de imponerse la una a la otra, cuestionándose… Craso error. Nosotros los Estudiantes, debemos guerrear no entre nosotros, compañeros, compatriotas al fin y al cabo, sino contra la Ignorancia y no usando la espada, sino la pluma. Siempre se ha dicho que esta última es más fuerte. Pero nos empecinamos en dar pie a una guerra civil y esto sólo nos hace débiles.
Intentaré ahora exponer mi tratado de Paz, esa paz tan necesaria como la que impuso Augusto al Imperio romano, reflejada en el Ara Pacis Agustae. Sin embargo, no ocultaré mi procedencia estudiantil, soy una estudiante de Humanidades, y mis simpatías virarán hacia esta rama, no obstante trataré de ser lo más imparcial que mi alma amante de la cultura clásica me permita.
Parafraseando a César en su inicio de De bello Gallico (La Guerra de las Galias) podríamos decir: Sapientia est omnis divisa in partes duis, scilicet, Scientia et Littera (Toda la sabiduría está dividida en dos partes, a saber, Ciencias y Letras). Esto supone una limitación enorme y horrible. ¡Como si a uno le estuviese mandado confinarse en una de las parcelas del conocimiento de forma irrevocable! No se ha de controlar de manera tan férrea el deseo de aprender, porque ambas divisiones son, a la larga, una parte mínima de ese patrimonio espiritual humano, inmaterial pero de valor incalculable: la cultura. Deberíamos saber valorar toda la senda que nuestra especie ha hollado antes que nosotros y aprovecharla. Deberíamos ser como Da Vinci y Copérnico, hombres del Renacimiento, interesados por todos los ámbitos del saber. Y, sin embargo, se nos raciona el sapere aude (Atrévete a saber) cuando la Curiosidad es irrefrenable.
En tal estado de cosas nos encontramos cuando enfrentamos apotemas contra ablativos absolutos, a Jenofontes contra Kepler, derivadas contra sinestesias… y seguimos queriendo sobreponernos los unos a los otros. Algunos, diciendo que las lenguas de Homero y Cicerón son lenguas muertas, otros, que de nada sirven esos conocimientos abstractos de los que tanto alardean… y así uno y otro bando se lanzan tales acusaciones sin esperar nunca solventar sus problemas.
Lo cierto es que, a mi juicio, son las Ciencias Humanas las que aportan un sustrato cultural más profundo y rico, más provechoso. Conocer la historia de la Humanidad implica evitar reproducir errores pasados. Conocer los étimos grecolatinos implica adquirir gran riqueza léxica, amplitud lingüística, desenvoltura, oratoria, retórica… Sí. Hemos de vivir comunicándonos, queramos o no. Y aunque ahora la palabra no tenga tango valor como en Roma, en la que Cicerón subyugó con su verbo solemne a Catilina, descubriendo su conjura, la necesitamos para vivir, sentir, expresarnos… Ya lo decía la Biblia In principio erat verbum (Al principio existía la palabra) todo surgió de ella. Pero no sólo eso, nuestras raíces políticas están en Roma, el Derecho tal y como lo conocemos hoy en día también surgió en la Ciudad Eterna. Y la Filosofía tiene por cuna Grecia, el otro gran Imperio. Sí, la Filosofía, el amor a la Sabiduría. Creo que no hay otra disciplina con una visión tan privilegiada, múltiple y caleidoscópica, tratando de encontrar respuesta a las grandes preguntas que nos persiguen desde antiguo. Preguntas atemporales y trascendentales, con cuyas reflexiones y respuestas configuramos nuestra vida y nuestro pensamiento.
Las llamadas Ciencias puras son disciplinas, aunque tan encomiables como cualquier otras, frías, inexpresivas, abstractas, de una exactitud escrupulosa y casi despectiva, sin segundas interpretaciones posibles… Y aún así, ¿Quién soy yo para cuestionar las decisiones ajenas? ¿Podría pasar por alto los grandes avances de la Ciencia? Mi opinión importa bien poco, y he de reconocer que la Ciencia también garantiza que la vida sea posible. Desentrañan los misterios de nuestro interior de otra manera, conocer al hombre en un aspecto fisiológico es casi tan importante como conocerlo a nivel psicológico. Por otra parte, tratar de reducir todos los fenómenos físicos a una cadena lógica infalible resulta fascinante.
Por ello, si ambas persiguen el mismo y loable fin, ¿Por qué separarlas? Nos vemos obligados a renunciar a una parte de nosotros, a algo que nos interesa. Yo hubiera querido de grado mezclar ambas ramas pero no pudo ser así. Cierto que el tiempo es limitado, pero debería otorgársenos un poco más de libertad para decidir. Aún veo mi futuro incierto y haber estudiado en la frontera me hubiese aclarado las ideas, me hubiese dado el tiempo que ahora me falta para construir mi proyecto vital.
Así que, proseguiré mi declamación diciendo Beatus Ille (dichoso aquel) que puede estudiar el teorema de Arquímedes, las tres leyes de Kepler, la de la gravitación universal, la teoría de la relatividad y, a su vez, traducir con entusiasmo a Apolodoro, leer con fruición a Dante y a Petrarca, embeberse de la perfección de la Capilla Sixtina. Combinar a Mendel y a Mendeleiev con Shakespeare y Molière… Ser, en definitiva, sabios eruditos como Goethe. Bendito aquel que puede, como diría Pérez Reverte, “descubrir la patria que realmente merece la pena”. Esta, amigos, no es otra que la educación y la cultura. La urbanidad, sí, pero también la facultad y la madurez para crearnos nuestras propias opiniones, para reflexionar, reencontrarnos con nosotros mismos y analizarnos desde dentro y fuera. Ser esa transición platónica entre el mundo sensible y el de las Ideas, pudiendo combinar elementos tan dispares. Ojalá se nos permitiese elegir de esta manera y no tener que someternos a esta rigidez que no nos lleva a ninguna parte.

sábado, 27 de febrero de 2010

Manifiesto de los griegos


La Hélade estaba en horas bajas, amenazada por los Medos. Atenas y Esparta pusieron fin a sus hostilidades y se aliaron contra un enemigo común y exterior (tras las guerras médicas se crearía la liga de Delos) y las victorias helénicas se sucedieron...
Podría ser el comienzo de una novela histórica, pero no es así. Pido disculpas si las reseñas históricas no son las correctas. en realidad quiero introducir un texto que escribí hace poco.
En 2º de Bachillerato, ponerse de acuerdo es imposible y las optativas se pisan la una a la otra. Para fijar fechas de exámenes hay que hacer malabares. El grupo de griego al que pertenezco normalmente se ve ninguneado a la hora de tomar estas decisiones, somos sólo siete los valientes hoplitas que nos atrevemos con la lengua de Hesíodo, seis de los cuales compartimos clase. Ante semejante minoría de patricios, hacer que se respeten nuestros intereses es poco menos que imposible. Una vez se colocó un examen de Filosofía (de Sócrates, compatriota espiritual nuestro) que nos coincidía con uno de gramática griega. Nos opusimos sin alcanzar quorum y yo quise dejar patente que no era justo que siempre hubiésemos de sufrir el rechazo y la ignorancia los mismos alumnos. El ardor de oradora se despertó en mí y redacté el siguiente manifiesto que fue leído en clase. La eclesía lo tomó como mera retórica siciliana, pero yo lo expongo para que se vea la interpretación que subyace, ¿Dónde quedó la democracia directa ateniense de Pericles? Lejos, muy lejos... y nuestros compañeros de latín no supieron apoyarnos... no les guardo rencor alguno, sólo quise hacerles reflexionar. Cabe decir que me gustó el resultado del escrito que hice y que en el original pueden verse las firmas de todos nosotros. He modificado un poco el final...
He aquí el texto:
No hablo yo, que habla mi clase por mí y yo por mi clase, el senado y el pueblo romanos, que diría César.
Ante los acontecimientos que se han venido produciendo, nos hemos visto obligados a pronunciarnos. Nuestras peticiones han sido destruidas de la misma forma que lo fuera Ilión (y en menos de diez años de asedio), porque somos una minoría entre minorías. Nosotros, los estudiantes de la lengua de Homero, queremos exponer que las enrevesadas formas de la gramática griega son equiparables en dificultad a los algoritmos y de ello darán buena fe los estudiantes de ella el año pasado. Algunos de los cuales, desertores, no nos han apoyado ni se han solidarizado con nosotros a pesar de tener conocimiento de causa, ellos, este año, han huido del griego como huyera Dafne de Apolo.
Nosotros seguiremos oponiendo resistencia numantina ante hechos como los ocurridos hasta ahora. En cualquier caso, no hemos venido a hacer de oradores ante la asamblea, ni a repetir, como Catón el Viejo aquello de “
Cartago delenda est”, porque Cartago no debe ser destruida, sino, a todo caso, lo deben ser el egoísmo, la falta de compañerismo y la irresponsabilidad. No iniciemos una guerra como la del Peloponeso, entre iguales, porque los atenienses y los espartanos eran griegos ante todo y habitantes de la Hélade y nosotros, estudiantes de Ciencias Humanas o de Ciencias Sociales somos, en última instancia, estudiantes, y por tanto, compañeros. No nos enfrentemos pues, que el curso es largo y arduo y no conviene comenzarlo de esta manera.
Reclamamos algo simple, que se nos oiga y tenga en consideración y para ello creemos oportuno crear un triunvirato, o alargando el símil, la elección de un delegado o delegada que nos pueda representar y que esté recogido oficialmente, sin que los estudiantes de Ciencias Sociales monopolicen estos cargos y no nos den oportunidad para expresarnos. Así, en caso de conflicto habrá equidad para dirimirlo y además, ambos representantes podrán acudir, llegado el caso, a las sesiones de evaluación.
Sin más, nos despedimos esperando se nos comprenda y que no tengamos que exclamar “
alea iacta est!” invocando a la suerte cada vez que decidamos colocar una fecha importante en nuestro calendario o lo que es lo mismo, exclamar ad Kalendas graecas! Es decir, nunquam!
Fdo. Los estudiantes de griego de 2º de Bachillerato.