sábado, 22 de mayo de 2010

Nunc plaudite omnes!


Así terminaban todas las comedias en la antigua Roma. Se demandaba al público el aplauso. El aplauso, el aleteo de las manos que suena a música celestial en los oídos de un actor. Tan poco dura la vida de un ser humano que buscamos desesperadamente el aplauso, el reconocimiento, algo que haga que nuestro nombre sobreviva al poder devorador del tiempo... así por ejemplo, el griego Eróstrato le prendió fuego al templo de Artemisa en Éfeso, y por consiguiente, lo destruyó, sólo para lograr la fama...
Yo llevo haciendo lo mismo desde hace unos cuantos años con un grupo de amigos, no incendiamos templos, ni pretendemos la fama, sino que hacemos teatro, algo que en estos tiempos que corren es muy digno de mérito. Personalmente, yo comencé esta particular andadura como medio para superar mi timidez, ahora es un hobby al que no querría renunciar, aunque sé que no me dedicaré a él profesionalmente. Sin duda, las dos invenciones humanas más catárticas son la literatura y el teatro, ambas tan interrelacionadas entre sí. Al fin y al cabo, el teatro es literatura en su origen, incompleta, pues necesita de la representación escénica, pero literatura después de todo. El escritor/dramaturgo desahoga sus emociones y el lector/espectador se ve reflejado en esos conflictos y se siente comprendido, amado. Ese es el milagro y la dificultad del teatro. El actor se enfrenta directamente con el público, que al fin y al cabo va a ser su juez, no goza de la distancia del escritor, por ejemplo. El actor se expone a la mirada directa de su público en una representación que no admite fallos. Pero es precisamente en la dificultad del teatro en lo que radica su excepcionalidad. Cada representación es única, de un valor incalculable, el espectador debería sentirse privilegiado en ese sentido. Teatro, ¿Qué sería del público sin teatro? La misma palabra teatro viene del griego theatron, que en su origen era el nombre del graderío, donde toma asiento el público. Los espectadores, los verdaderos protagonistas, deberían tomar conciencia de que no deben sentirse en una posición cómoda. Tienen que sufrir, reír y experimentar lo mismo que los personajes, porque como se decía en Hamlet, el teatro es un espejo en el que todos nos podemos ver reflejados en un determinado momento. Si olvidamos eso, estamos despreciando el verdadero valor del teatro.

1 comentario:

Amparo dijo...

Y es tal la emoción que el propio espectador puede experimentar cuando se rompe la cuarta pared al finalizar el espectáculo y rompen los aplausos...

María, ¿eres tú quien hace teatro?
¿Eres la autora de todas las entradas de tu blog?
¡Cómo me enorgullece haberte tenido como alumna!

¿Va mejorando tu caligrafía???????